La boina azul, la campera bordó y los mismos zapatos que usó en cada una de las audiencias del juicio, sin importar si hiciera frío o calor, estaban en el living, preparados sobre una silla. Gustavo pensó que su papá se había quedado dormido y se metió en su habitación. Su lado de la cama estaba abierto. Fue hasta el baño. No estaba ahí. Irene recién se despertaba.
–¿Dónde está el viejo? -preguntó.
–Habrá salido a caminar -dijo Irene, entredormida.
–Pero se nos hace tarde.
–A mí no me dijo nada. Fijate afuera.
Gustavo salió a la vereda. Miró extrañado a su alrededor. Caminó hasta la carpintería de su hermano y llamó a su papá. Nadie contestó. Volvió a la casa, lo buscó otra vez en el patio, entró de nuevo al dormitorio, abrió la puerta del baño.
–¿Dónde se habrá metido? -insistió.
–Yo no lo vi.
–¡Cómo que no lo viste, mamá!
–¡Recién me despierto! -se justificó Irene-, tal vez salió a caminar.
–Qué pelotudo… vamos a llegar tarde…
–¿Y qué querés que haga? ¡Si yo no quiero que vaya a ningún lado! ¡Yo quiero que se olvide!
